¿Quién fue Juan Agustín Palazuelos?

Juan Agustín Palazuelos lee la primera edición de su novela “Según el orden del tiempo”. Foto gentileza de Memoria Chilena.

Juan Agustín Palazuelos fue la gran promesa literaria chilena de los años ’60. Nació en Santiago, en 1936, en el seno de una familia de tradición política –incluido un antepasado ex ministro, Diego Portales Palazuelos–. Con el objetivo de seguir la costumbre familiar, el joven Juan Agustín se matriculó en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Un par de años más tarde ganó una beca para estudiar Derecho en Estados Unidos, donde vivió por dos años. La estancia en ese país, sin embargo, cambió su destino. Allá participó en talleres literarios con otros estudiantes latinoamericanos y regresó a Chile decidido a dejar las leyes para convertirse en escritor. Se matriculó en el Instituto Pedagógico, en Filosofía y Lenguas Clásicas. Palazuelos consideraba que el gran público había creado una serie de mitos a partir de los actores de cine, pero la literatura chilena todavía carecía de uno: él tuvo “la pretensión de crearlo”, pero la “introspección y la autocrítica” le demostraron que no iba a conseguirlo. Se limitó entonces a revalidar el mito de Teseo. A los 26 años, hizo su irrupción en las letras chilenas con el proyecto literario que reflejaba su ambición: Según el orden del tiempo (Zig – Zag, 1962). Esta novela llamó la atención y recibió los elogios de los grandes críticos del momento, Alone, Ricardo Latcham, Hernán del Solar, y autores como José Donoso, Gonzalo Drago y Nicanor Parra. El joven Juan Agustín, de un solo golpe de pluma –aunque fraguado durante años de escritura–, logró instalar su nombre en la narrativa chilena.

El joven escritor, casado con la uruguaya Josefina Hughes, padre de dos hijos (un tercero llegaría más adelante), vivía en Isla Negra y viajaba cuatro veces al mes a realizar el oficio con el que se ganaba la vida: decorar vitrinas. En la costa, cuenta su hija Susana, trabó una profunda amistad con Neruda, con quien se recluía a leer y conversar. En sus viajes a Santiago visitaba algunos talleres literarios desde los que, poco a poco, configuró un nuevo conjunto de narradores apodados “la novísima generación” por José Donoso. Entre ellos se encontraban los jóvenes Antonio Skármeta, Poli Délano, Mauricio Wacquez, Cristian Huneeus, por mencionar algunos. El autor Hernán Castellano Girón ha definido a Palazuelos como un “proto-Bolaño”, por el espíritu rupturista, el alcance de su éxito literario, la calidad de su escritura y su proyección internacional. Skármeta lo recuerda en un número de Revista Ercilla (1969): “se paseaba con larga capa y melena por las calles del centro practicando la excentricidad y la sobremesa con ingeniosa pasión adolescente”, “era hombre que decía lo que pensaba, y a veces un poco más de lo que pensaba también”. Varios testimonios concuerdan en que Palazuelos era un tipo directo y de personalidad impulsiva, sin temor al debate. Quizás por eso utilizó una estrategia frecuente en la historia de la literatura: se lanzó en picada contra la generación anterior, la llamada “generación del ‘50”, encabezada por Enrique Lafourcade, con el objeto de poner en valor a “Los Novísimos”. El esfuerzo dio resultado: pronto los jóvenes autores se convirtieron en un nuevo satélite de la noche literaria chilena.  Palazuelos ganó detractores y aliados igual de acérrimos.

Su segunda novela, Muy temprano para Santiago (Zig – Zag, 1965), es una obra bastante diferente a la primera: más realista y reflexiva, menos irónica, menos abultada en cuanto a referencias culturales. La crítica chilena se mostró “decepcionada” con esta nueva novela, pero el plan de Palazuelos recién comenzaba; su proyecto era realizar en narrativa lo que Nicanor Parra había conseguido en poesía: concebir una antinovela. Con este propósito, Palazuelos participó en el programa de escritura de la Universidad de Iowa en Estados Unidos, gracias a una beca otorgada por la Fundación Ford. Sus intenciones, sin embargo, se vieron interrumpidas a su regreso al país: una diabetes no diagnosticada le quitó la vida la madrugada del domingo 6 de julio de 1969, a los 33 años. La promesa de la literatura chilena quedó incumplida. No fueron pocos quienes hablaron de sobredosis de drogas, considerando que Palazuelos había recorrido el Gran País del Norte en los años de la sicodelia.

Cuatro años más tarde, sin embargo, tanto los rumores como el legado de su obra fueron borroneados: a causa del Golpe de Estado que torció el espíritu de Chile y tachó gran parte de su memoria, la obra de Palazuelos comenzó a difuminarse, anclada en los recuerdos de sus compañeros de generación, algunos exiliados, otros asesinados o desaparecidos. Ahora, a medio siglo de la aparición de su primera novela, publicamos de manera íntegra las dos obras que constituyen las primeras piedras del mito literario que Palazuelos logró crear con su vida, más allá de la literatura.

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Fragmentos de críticas sobre Según el orden del tiempo:

Palazuelos maneja un ojo irónico y liviano que se desliza sobre la realidad aparente y la perfora con su estilete inconformista. La estructura se halla bien conformada, cuando se desmonta el mecanismo interior de los personajes y sus móviles secretos. El libro interesa y provoca reacciones encontradas, lo que es un síntoma de su valor.

Ricardo Latcham. La Nación, 3 febrero 1963.

 

Palazuelos parece descubrir un sendero nuevo, desprovisto ya de finas filigranas poéticas, en el que la frase corta, pausada por puntos, adquiere una propia y desconocida dimensión. […] La suya es una historia en que el perfil insondable del hombre de nuestro tiempo surge en todo su dramatismo y poder emotivo.

Roberto Briseño. El Mercurio, 17 marzo 1963.

 

Hacía tiempo, en verdad, que no recibíamos una novela diferente, novedosa, como esta que tenemos entre las manos y que hemos leído con creciente y mantenido interés. […] al comienzo esta novela es desconcertante y, podríamos afirmar sin temor a equivocarnos, desarticulada, escrita en un estilo eléctrico, telegráfico, si podemos definir en esa forma su lenguaje de frases cortas, con secuencias novedosas, que terminan por colocarnos en un plano de franca admiración hacia su autor.

Gonzalo Drago. El diario de Malleco, 1 junio 1963.

 

“Dentro de su política editorial, amplia y renovadora, la Empresa Nacional Zig–Zag contribuye a la revelación de un nuevo novelista chileno”. Así leemos en una de las solapas del libro. La declaración es modesta, porque esta vez la contribución es valiosa. Se trata de un novelista destinado a señorear el arte en que se inicia.

Hernán del Solar. La Nación, 25 enero 1963.

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