Macarena Areco sobre “Casa volada”

En la ceremonia de entrega del Premio José Nuez Martín a nuestro autor Francisco Ovando, por su novela Casa volada, la académica Macarena Areco (UC) leyó la siguiente reseña sobre el libro.

 

Casa volada de Francisco Ovando: entre el experimentalismo, la risa y la hibridez

Por Macarena Areco

 

Mario Lillo, Decano de la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Ramón Carbó, Presidente de la Fundación José Nuez Martín, Gonzalo Cortés, representante Legal de la Fundación, Francisco Ovando, ganador del Premio José Nuez Martín 2015, versión novela, Sarissa Carneiro, Secretaria Académica de la Facultad, estudiantes, administrativos, profesores, invitados.

Primero quiero decir que estoy muy contenta de participar en la premiación que hoy hace la Fundación Nuez de un joven novelista que además tiene la particularidad de ser, en cierta medida un colega, si no mío al menos de los estudiantes de esta Facultad, pues Francisco Ovando estudió Licenciatura en Literatura en la Universidad de Chile. También de que se trate de una obra publicada por una micro editorial independiente, Cuneta, un tipo de emprendimiento, como se dice ahora en la prensa, que ha hecho tanto en los últimos años por el desarrollo de la literatura en nuestro país.

Casa volada, la primera novela del novísimo escritor Francisco Ovando, puede ser considerada, según una taxonomía posible, como una novela híbrida, es decir, un relato que tiene como trama una pesquisa, al modo de una novela policial, aunque realmente no se trate de eso, a lo que suma la yuxtaposición de diversos materiales narrativos, la fragmentación, la desterritorialización (y dentro de esto la autoficción), la intertextualidad intensiva y la metaficcionalidad (perdonen las palabras, creo que ya las termino…).

En este caso la pesquisa se centra en los últimos años de una figura central de la pintura chilena de la segunda mitad del siglo XIX, Alfredo Valenzuela Puelma, quien muere en un manicomio cerca de París, y también en una búsqueda de la escritura que el protagonista, David Arqueros (un joven que hace poco ha egresado de Licenciatura en Literatura y que, luego de renunciar a lo que a él le parece un indeseable trabajo como corrector de pruebas en una editorial), emprende.

A la hibridez es posible agregar, una fuerte voluntad experimentalista, que vuelve a Casa volada a ratos un texto difícil de descifrar. Pero, por otra parte, hay un elemento muy importante en la novela que todo el tiempo les permite a los lectores sortear las dificultades y la incomprensión: el humor, aunque se trata de un humor soterrado, es decir, no estridente, sino que de un humor en sordina, al cual la crítica argentina Elsa Drucaroff ha identificado como característico de las generaciones de posdictadura en su país y que también vemos en algunos de nuestros escritores recientes; un humor que se expresa de las más diversas formas en la novela de Ovando (desde la imagen del autor en la solapa hasta el índice al final) y que se desprende, pienso, de la disposición lúdica de Casa volada, de su deseo de juego, que va desentrampando los episodios complejos e incluso los más amargos y duros.

Por ejemplo, hacia el centro de Casa volada, Alina, una chica que ha ganado varios premios importantes de cuento en la municipalidad de Puerto Montt, desde donde ha llegado a visitar a su tía con nombre de emperador romano, Justiniana, la dueña de la casa en que David Arqueros arrienda una pieza, inventa un juego de adivinación con pájaros, llamado “El juego del hilo”, cuyas instrucciones son las siguientes:

Para practicar la ornitomancia con tres palomas que no pueden volar.

  1. El juego se desarrolla en un tablero llamado Destino. Sus medidas son cuatro metros de largo por tres de ancho, y cada una de sus caras es una tabla, a modo de muro, que de alto debe superar al menos dos veces el alto de una paloma común.

En cada una de las esquinas del Destino habrá una base cuadrangular de treinta por treinta centímetros. Tres de ellas son denominadas Bases de partida, mientras la cuarta, la más importante, es nombrada Designio.

  1. Cada una de las tres palomas debe amarrarse por una de sus patas a la esquina de su base de partida correspondiente… (115).

Las instrucciones siguen. Resumiéndolas y simplificándolas un poco, les cuento que el juego consiste en que, persiguiendo las migas de pan que el Auriga, “arbitro e intérprete del juego” (116), ha dispuesto en el tablero, las tres palomas (que llevan los nombres de las Moiras: Cloto Láquesis (Laqui) y Aisa (113)) enreden sus cordeles y en que, en una segunda fase, nueva provisión de pan mediante, una de ellas llegue al Destino. Si es Cloto “El origen, lo nuevo, la abundancia”, si Laqui “La sorpresa, el accidente, la variabilidad”, si Aisa “El desastre, la brevedad, la muerte” (119) (como se ve, se parafrasea el I- Ching).

Si pensamos la novela como un tramado de hebras que se mezclan, podríamos intentar una interpretación, que, buscando no enredar, como las palomas, sino desenredar algunos hilos narrativos, podría partir por los siguientes:

  1. La interpretación como adivinación: el lector, ya no como detective, lo que tanto se ha dicho, sino como descifrador de los rastros de una escritura que busca la complejidad, que se niega al encasillamiento y a la fácil digestión y que se propone como un estar haciéndose. Lo dice David: “esto no es una novela. Cuando mucho un texto, una práctica, un relato” (195).
  2. El desciframiento como juego, que nos permita nunca tomarnos muy en serio lo que se dice, aunque se nos vaya el tiempo y a veces la vida en el proceso. Para esto nos sirve lo que dice Alina: “lo que quería preguntarte es si crees que la literatura tiene que ser así de seria. Te lo pregunto porque para mí es un juego” (125). De la novela puede decirse lo que piensa Valenzuela Puelma de su cuadro: “el lienzo suspendido. . . se le antoja ventana y campo abierto, punto de fuga. Reconoce ahí cada trazo, los caminos de carboncillo que se entrelazan y confunden, esqueleto de animal imposible que sugiere la forma vacía de carne y cuerpo” (184-5).
  3. La intertextualidad como trazo: el entramado del texto con otros textos puede verse como las líneas iniciales que el pintor bosqueja en la tela con carboncillo antes de aplicar el color. Como veremos en el próximo apartado, Cortázar tiene una presencia importante en Casa volada, pero también hay referencias a Mauricio Wacquez, Jorge Edwards y seguramente otras muchas que no he reconocido. Por cierto, Augusto D´Halmar habla a través de un manuscrito supuestamente apócrifo escrito con ocasión del repatriamiento de los huesos de Valenzuela Puelma, que es la ampliación del artículo “Un chileno que vuelve”.

También aparece, como algunos de los estudiantes que están aquí saben, a fuerza de controles de lectura, algo que siempre suele ser una pista relevante en esto que podríamos llamar un poco fantasiosamente “la adivinación literaria”: una lista de lectura, que pude ser entendía como una expresión programática de lo que el profesor Rodrigo Cánovas nombraba en sus clases como “la voluntad constructiva”.

¿Qué lee entonces nuestro protagonista? Primero El rincón de los niños de Huneeus (así, sin nombre de pila, como ocurre con los conocedores), que Memoria chilena considera una novela experimentalista. Segundo, un libro de Levrero, cuyo título no se menciona, pero que podría ser, aventuro, La novela luminosa, compuesta en gran parte por un diario –el “Diario de la beca”- en que un escritor consigna su incapacidad para escribir la novela a la que lo ha comprometido una beca Guggenheim. ¿Quizás el autor podrá decirnos si pensó en ella?… Y tercero Miltín 1934 de Emar. Por si nos quedara alguna duda sobre la visión de la literatura que los hilos intertextuales nos permiten adivinar, una explicación del personaje: “los tres primeros [libros] me atraían, precisamente, por la idea de la escritura como juego. . . . en las páginas que llevaba leídas de cada uno comenzaba a flotar la idea de la escritura como un fantasma, como un juego en el que se fingía el acto de escribir” (126-7).

  1. El título como clave de lectura. Casa volada: lo primero, lo obvio, la intertextualidad con la “casa tomada” de Cortázar, la cual nos entrega un hilo adivinatorio acerca del cual podemos decir mucho, desde las diversas referencias al escritor argentino, por ejemplo en las instrucciones de lectura a lo Rayuela del libro que escribe David, pero que en este caso siguen el I–Ching, hasta la alusión a “Continuidad de los parques” en el episodio en que el protagonista lee las páginas que Alina le ha dejado para corregir: “Das vuelta la primera página del lote corcheteado y comienzas a leer, desecho en la poltrona. Dentro del libro es de noche, en tu ventana resuena la lluvia…” (131).

Pero casa volada también puede tener otros sentidos. Como sabemos la palabra volada o volado en Chile significa alguien que, ya sea por el consumo de ciertas sustancias psicotrópicas o por mera conformación del carácter, nunca pone los pies en la tierra, tiene la cabeza en las nubes, no da puntada con hilo ni se entera mucho de nada. Entonces casa volada puede significar una casa cuyos habitantes viven fuera de la realidad, con la mente en la estratósfera ¿o en la literatura? Y esto se confirma con la lectura: David deja su trabajo como corrector en una editorial para dedicarse a escribir una etérea novela que lleva por título provisorio Divino M., su casera se dedica a la adivinación con pájaros, Alina inventa juegos proféticos y también escribe…

Un tercer sentido que se me ocurre a partir del título es una casa que por un desastre natural o histórico (el paso del tiempo también puede ser visto como un desastre natural) ha desaparecido, dejando a sus habitantes en la intemperie. Y aquí podemos pensar en la casa que, como se sabe, ha sido alegoría predilecta de la literatura chilena: Casa grande, la Casa de los Ejercicios Espirituales de la Encarnación de la Chimba, La casa de los espíritus… y en qué ocurre cuando esa casa vuela por los aires. Y también podemos pensar en Bolaño y en sus personajes que, como detectives perdidos, deambulan por pensiones, pasillos universitarios, bares y plazas pensando siempre en desentrañar los misterios del amor y la literatura, porque algo de eso me parece reconocer en David, Justiniana y Alina, quienes, al modo de las palomas con las alas rotas o con un ojo menos, Cloto, Laqui y Aisa, construyen entramados adivinatorios y ficcionales en los que se tejen textos y destinos.

Podríamos seguir mucho tiempo más en este juego interpretativo, por ejemplo, pensar en el texto como casa o en la casa de la literatura, pero ustedes ya estarán aburridos y, pienso, podrán, después, seguir por su cuenta. Ya conocen las instrucciones…



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